LA ETERNA CULPA DE LAS MUJERES

 




“El sentimiento de culpa nos impide ver las cosas con claridad”.

Doris May Lessing

 

 

El caso tan sonado y polémico de Nicolás Petro pone sobre el tapete nuevamente una cuestión que parece que se rehúsa a salir del imaginario de la sociedad, y no es precisamente la corrupción, esa práctica que los políticos de este país aman más que a su ego e incluso a su afán de protagonismo. Y es que de solo leer los titulares de las noticias relacionadas a su caso, los memes y escuchar las opiniones que al respecto se dan sobre el caso, casi que sin excepción, ponen las actuaciones del señor Nicolás en un segundo plano, uno lejano, pero que de frente catalogan como “la mala del paseo” a su ex esposa.

Porque de acuerdo a la tradición machista las mujeres siempre somos las culpables, el nombre de su pareja ha llevado todas las burlas, su imagen se convirtió en el de la bruja dolida que tiene como finalidad y propósito arruinarle la vida a un pobre hombre. Esa es la eterna culpa de las mujeres, arruinarlo todo por la debilidad que nos supone el amor y los sentimientos de venganza que se generan luego de una ruptura. Y a la gente le parece fenomenal, perder de vista que lo que ella denuncia son conductas reprochables que tienen consecuencias graves para el país… pero esto parece no importar.

Ella es la mala, ella es la que no sabe perder… así ha sido, así será mientras los estereotipos de bruja ganen likes, rating y sea el comodín favorito de los hombres corruptos, mediocres y miserables.

Ella es quien puso en conocimiento de todo un país, las conductas de su expareja y por donde se le enfoque en la narrativa ella no deja de personificar a la villana y no olvidemos que también la culpable de las infidelidades de su esposo.

Porque tampoco se le reprocha al señor Nicolás haber sido infiel, haber faltado a ese compromiso que había establecido. ¡Nombre no! La pendeja es ella por haber tenido una amiga, por haberle presentado el marido a una amiga. Es que las mujeres siempre llevamos las de perder:

El tipo es infiel= la culpa es de ella (se descuidó, le presentó una amiga y un largo etcétera) jamás es de él. Se presenta al hombre como la victima doble, por un lado, el pobre infeliz atrapado en una relación que no quiere y por otro lado víctima de una mujer fatal, capaz de seducirlo y por ende acabar un matrimonio.

Estos seres que se precian de ser superiores en todo y no son capaces siquiera de asumir la responsabilidad y consecuencias de sus actos.

El tipo presuntamente comete delitos: pobrecito es que se dejó llevar, los demás son los malos, la ex esposa, la perversa que lo delató.

Su conducta es minimizada y vuelve la fichita del pobre incauto, de la pobre víctima de los celos de su ex mujer. No es su avaricia, ni lo son sus actos y aunque nadie es culpable hasta que una autoridad judicial lo determine y la presunción de inocencia se le debe respetar; nadie ha tenido reparos en atacar y catalogar a su ex mujer como la mala y antes de que me salgan (porque me los conozco) con algo como: es que si no le hubiera puesto los cachos, no dice nada, está ardida. Pues ardida o no, las conductas que se investigan son las del tipo, no las de ella. 

Pobre las mujeres y la carga del lastre eterno de la culpa, esa misma que sirve a la sociedad para decirle a las mujeres que si son maltratadas es porque les gusta, para decir que los hombres solo maltratan a la que se deja. Porque es tan fácil mantener en el papel de culpable a las mujeres, aun cuando sean ellas las víctimas de delitos. Sin decir casi que nunca, que si un tipo maltrata es porque es un maltratador; que si mata es porque es un homicida, un feminicida.

Esa misma culpa, se usa para examinar con lupa los comportamientos de las mujeres y concluir que estos la llevaron a ser violada, que si por lo que tenía puesto, que si por lo que estaba haciendo. Pero que no dice que si un hombre viola, es un violador; que, si acosa, es porque es un acosador.

Que si una mujer supera una violación y no sufre de ataques de llanto y ansiedad cada dos minutos, que si su vida no se convierte en un encierro… igualmente ella es la culpable, porque quizá si quería. Porque ni transitar una situación traumática de manera personal se puede, sino que también debemos estandarizarnos a lo que se espera, ya que, en caso de no hacerlo, igual también se nos echa la culpa.

Porque también somos las culpables de que los papás de nuestros hijos sean irresponsables, de que no asuman económica, afectiva ni emocionalmente su parte; somos por excelencia las culpables de que los hijos con el tiempo no quieran saber de ellos, porque además si no somos una máquina de justificación de la conducta de los hombres, también somos las culpables. Jamás es de ellos por no asumir su responsabilidad y librarse olímpicamente y con la venia de la sociedad de lo que les corresponde, ellos caminan libres de culpa, nosotras con la cabeza abajo llenas de culpas propias y ajenas, porque claro, "nosotras no supimos escoger".

Con esa culpa, también le dicen que es una exagerada cada vez que pide respeto cuando camina por la calle, cuando aborta o cuando pare; cuando trabaja o decide ser ama de casa; cuando tiene sexo o cuando no lo tiene.

Porque si un hombre fracasa, es culpa de la mujer que tiene al lado, o de la que lo crío, pero si tiene éxito es por cuenta suya y no más que propia.

No importa cuál sea la situación o el contexto, el éxito sobre el cual se mantiene el machismo es en la culpa que le impusieron a la mujer desde antes de nacer y sobre la cual se debe mantener al largo de su vida y muerte.

Una persona que siente culpa por cada decisión, por cada cosa y hasta por los demás, es alguien que va a pasar por mil filtros cada paso, que vive con miedo, que vive menos y experimenta menos felicidad, una mujer cargada y embebida en la culpa, siempre será más fácil de manipular y de doblegar. Una mujer con culpa calla los abusos cometidos en su contra, una mujer con culpa es todo lo que el machismo quiere.

Una mujer que decide denunciar, hablar o poner en conocimiento de los demás, lo que hace un hombre, es una mujer que debe dejar de ser vista como la villana, debemos mirar de frente al verdadero culpable, debemos dejar como sociedad de denominar a las mujeres como el sexo débil, en su amor, en su despecho, en sus decisiones, en su contribución, en su sufrimiento, en sus éxitos, en sus denuncias.

No avanzaremos como sociedad, como mundo si el foco lo seguimos poniendo de manera equivocada, si seguimos perpetuando excusas para los comportamientos reprochables, si seguimos con el cuento de que pase lo que pase, hagan lo que hagan, los hombres son las victimas de perversas mujeres.

 

 

Me voy a dedicar a leer el tarot

 


A la mierda todo, la razón, los libros, el esfuerzo, a la mierda todo de verdad

Representa más la charlatanería que la preparación académica, ¿o es la rosca y las conexiones? da igual, me voy a dedicar a leer el tarot

Hasta la coronilla y con la paciencia partida de intentar encontrar espacios que reconozcan el aporte que uno puede hacer, me rehúso a creer que soy en extremo inútil.

Me voy a dedicar a leer el tarot, porque es más fácil vender mentiras y decir lo que el otro quiere escuchar, por eso sí están dispuestos a pagar

Porque pagar por una asesoría seria, por parte de alguien que no deja de prepararse para brindar lo mejor que tiene para dar, resulta al parecer, un absurdo, una cosa que no merece remuneración.

Voy a leer las cartas y prometer éxito, amor eterno, prosperidad ilimitada y todo eso lo veré en dibujitos, inventaré mil historias y por ello pagarán porque las mentiras venden y las falsas esperanzas siempre tienen seguidores.

Resolveré problemas con frases de cajón, esas que tanto gustan, porque refuerzan por lo general, pendejadas que damos por ciertas.

Prenderé velas de olores y de colores, para supuestamente aliviar problemas que requieren terapia psicológica seria, pero qué carajo, a los psicólogos tampoco les quieren pagar, no sé si estamos igual de jodidos psicólogos y abogados o hay alguno de estos gremios más jodido que el otro, porque en ambas profesiones se dan soluciones reales y nos une la tragedia que eso no es lo que la gente quiere; como no nos catalogamos como “emprendedores” ni tenemos “un producto” que mostrar en videos divertidos, la gran mayoría cree que lo que sabemos lo sabe cualquiera. Ignorando los años de estudio, la inversión de tiempo y dinero.

Haré tik toks y reels en turbante y bata de colores, daré coordenadas, aunque no sepa ni donde estoy parada; diré que tus traumas son producto de tu signo ascendente y por eso sí me pagarán. Porque los sinsentidos místicos fascinan a los incautos. Porque la tendencia supersticiosa es una enfermedad de la que adolece el mundo.

Me voy a dedicar a leer el tarot, a hacer predicciones de números de lotería, inventaré amantes y las describiré con lujo de precisión y detalles, porque es más fácil culpar a un tercero inexistente que asumir la cuota de responsabilidad que uno tiene.

Dejaré librada a la irresponsabilidad de los cambios de la luna, los negocios que salgan mal; recetaré baños de hierbas, frutas y verduras en contra de la envidia, para encontrar trabajo. Inventaré que tus fracasos son por causa de la brujería y seguro así, mi cuenta bancaria dejará de dar tristeza.

Pondré mi imaginación al servicio de lo que vende y dejaré mi intelecto y razón en el mismo lugar donde provoca sepultar mis diplomas.

Dejaré mis libros de decoración y quizá de recordatorio de que un día me comí el cuento flojo de que el esfuerzo trae recompensas.

Me dedicaré a leer el tarot y por eso estoy segura que sí me pagarán, sin cuestionar si los vale o no, sin comparar lo que dije con lo que el vecino les dijo, sin el dolor de cabeza de que me cuestionen si de verdad sé de lo que estoy hablando.

Venderé mentiras, porque los servicios profesionales al parecer no valen.

EL TRABAJO MÍO VALE, PERO… ¿Y EL DEL OTRO?

 


Bastante bien que aprendieron la frase de MI TRABAJO VALE, nada mejor que reconocer todo el esfuerzo detrás de los estudios, los años de experiencia y todo eso que te hace bueno en tu área.

Me parece fabuloso y motivo de celebración que no te vendas por menos, ni regales lo que con tanta dedicación a ti te ha costado.

Pero y qué pasa con el trabajo del resto? Ese sí que se puede menospreciar y por “pordebajear”. Porque seguro que a ese otro no le costó tanto, ni sabe tanto, al fin y al cabo. A ese otro como que le regalaron los estudios, las trasnochadas, el esfuerzo, a ese otro seguramente no le costó lo que a ti.

Así vamos por la vida, pregonando la superioridad propia y depreciando lo ajeno, sin tener en cuenta que todo es una cadena y que todos somos los demás de los demás.

Este mundo no está más jodido, porque no se lo han puesto como meta. Pero lejos de eso no estamos si seguimos creyéndonos el ombligo del mundo… imagínense todos creyéndose la misma vaina, de tanto hueco nos vamos a desaparecer en nosotros mismos.

El egoísmo nos hace ruines, el desprecio por el otro no nos eleva a categoría de nada.

Ignorar el esfuerzo, la dedicación, lo que a cada quien le costó, no incrementa tu valor, nos convierte en seres humanos cada vez más pequeños en un mundo que necesita reconocer a sus habitantes como seres humanos con derechos y que estos derechos no sean constantemente aplastados por el absurdo, por el fanatismo, por la estupidez que a la brava vuelven ley.

Mi trabajo vale ¡yes, claro que yes! EL DEL OTRO TAMBIÉN, vale su producto, vale su servicio, vale lo que hace, lo que sabe…el hecho de saber qué hacer y qué no hacer.

Pedimos un mundo en paz, mientras que pisoteamos la dignidad de quien se nos atraviesa, dependiendo del genio en el que nos levantemos; nos reímos del esfuerzo que no hicimos, porque no vimos todo lo que implicó.

Mi trabajo vale, el del otro también porque cada logro (a menos que sea por la providencia divina de la rosca) implica renuncias, dedicación, sueños, esperanzas.

Amargos los momentos que se experimentan cuando un proyecto fracasa, uno al que se le puso empeño, en el que se invirtió tiempo, conocimiento, estudio, horas… y todo lo que cada quien sabe que aportó y que solo le duele al que lo ve hacerse trizas porque el mundo está lleno de egocéntricos laborales que solo ven valor en su trabajo y hasta ahí les llega la bondad, a lo propio.

Se nos van interminables intentos de mostrar y demostrar que lo nuestro tiene valor, se nos devalúan las ilusiones cada vez que los demás lo desprecian.

Hoy hago una invitación tan sencilla que solo traería beneficios y es que le agregues EL DEL OTRO TAMBIÉN a la frase que pregonas con orgullo y todos podamos decir ¡MI TRABAJO VALE Y EL DEL OTRO TAMBIÉN! Mantener el valor de lo propio y dándole el justo valor al de los demás.

PIENSA EN TUS HIJOS

 


Piensa en tus hijos es la frase que te dicen cuando las demás herramientas de control no han servido.

Porque las mujeres tenemos un lugar que ocupar, uno pequeño, uno que con cada cosa se reduce porque el lugar que nos corresponde suele ser el de guardar silencio, el de guardar las formas, la compostura y el decoro, un lugar desde donde se debe mantener la imagen del marido como la gran persona, aun a expensas de decir mentiras, porque no vaya a revelarse el secreto (que nada tiene de secreto) que no lo es.

A las mujeres se nos educa en ideas absurdas ante la mirada de la lógica, se nos mete en la cabeza que nuestra grandeza radica en el sacrificio constante, uno que generalmente termina por anularnos.

Se nos dice que “sobrellevar” al marido y a los demás es hacer un voto de silencio, de negación de nuestros deseos y necesidades, porque el bienestar del marido y la familia, se encuentran por encima de nosotras, somos algo así como el carbón que se funde para hacer funcionar la locomotora…efectivamente así terminamos, desapareciendo por poner a todo el mundo por encima y por delante, porque para los demás ni lo nuestro, ni nosotras somos demasiado importante.

El mundo se ha convencido que los hombres saben y pueden más, sin embargo, “es nuestra labor” enseñarlos a ser papás, adultos funcionales, coparticipes de la vida en pareja.

Hasta el cansancio hemos oído que las mujeres somos tontas por ser más emocionales, afirmación absolutamente falsa y para lo único que ha servido es para justificar que seamos ignoradas en nuestras peticiones. Nos han tratado de celosas histéricas, en cuanto pedimos respeto. Se nos dice controladoras, cuando pedimos una repartición equitativa en las labores domésticas y de cuidado.

Al mismo tiempo que se nos exige trabajar, aportar económicamente, se nos sigue exigiendo mantener en pie la casa y bien criados a los hijos. En vez de ir ganando espacio, nos han hecho más pesado los grilletes. Porque la sociedad sigue teniendo como verdad que: los hijos bien criados son obra de los padres, los hijos mal criados son culpa de la madre.

Y cuando te cansas de tanta presión, cuando resistes a desaparecer, cuando estás dando la pelea y la vas ganando, te dicen “piensa en tus hijos”, luego de las frases “lo hago por tu bien” y “qué van a decir los demás” es una de las frases que más sueños e iniciativas ha matado.

Porque verte ser humana, desear, soñar, alcanzar, tener emociones y expresarlas abiertamente, incomoda a la gran mayoría que anhela verte sumisa y casi convertida en fantasma.

Que donde pases no te hagas notar, ni hagas ruido, porque ojo se te va el marido, porque si eres feliz y ríes a carcajadas y haces lo que se te da la gana… te vas a tirar a tus hijos.

Ese cuento ya debería de estar eliminado con tanto adulto que recrimina a su madre no haber sido más, no haber logrado más. De tantas mujeres que en su edad madura se recriminan no haber hecho más por ellas, haber amado, reído, viajado, estudiado, haberse dedicado a eso que las apasionaba. De ver tantas mujeres que con cada año que pasa en su vida, se van olvidando de quien es la mujer que ven en el espejo, ya no la conocen, solo observan el reflejo de una persona cansada, con ojeras, canas y sin ganas. Con más pesares encima que metas conquistadas.

Esa renuncia a los sueños, a la personalidad, a la esencia de cada mujer, eso solo le sirve a los maridos y a una sociedad absurdamente servil a los caprichos masculinos, a la necesidad malévola de mantenerles el frágil ego.

Nadie agradece los sacrificios, pero vaya que uno si se los recrimina, y así vamos por la vida, peleando por no desaparecer… desapareciendo con cada pelea.

Pensar en uno, no es dejar de amar a los hijos; pensar en los hijos no tiene que ser ir en contra de una misma. Porque amarnos y tenernos como prioridad no signifique invocar un Armagedón.

SI NOS ENSEÑARAN

 



SI NOS ENSEÑARAN…

A las mujeres nos venden la soledad como un fracaso, y desde pequeñas nos enseñan que no hay peor desgracia que “quedarse solas”, nos recalcan que las amistades no son familia y mucho menos compañía

Que los hijos nos realizan y que el marido le da sentido de orientación a nuestras vidas a la deriva. Porque se nos mantiene en la narrativa que somos incapaces de saber que nos hace felices, qué queremos, qué sentimos.

Nos dicen que por todo exageramos y eso suele estar amarrado a episodios en los que somos ignoradas, en los que nuestras necesidades son calificadas de tonterías y nuestros sentimientos algo desechable.

La narrativa nos sigue describiendo como seres carentes de razón, que viven en las nubes, dotadas de una incapacidad absoluta de pensar y desear algo más allá de ser la ideal ama de casa; de esa madre abnegada que desaparece detrás de toneladas de ropa sucia y desprecios cotidianos.

Nos dicen que a eso debemos aspirar, a ser infelices, que nuestra infelicidad sostiene a los miembros del hogar; que cada sueño roto, es el precio que hay que pagar por no estar sola. Entonces construimos hogares tristes, en los que dejarnos para después es la norma; sostenemos el pilar de que para estar y ser con alguien, es obligatorio sufrir. Esos sueños rotos, rompen la piel y al alma de cada miembro.

Mamá se hace sombra, mamá se desdibuja entre lo que soñaba ser y la pesadilla que le tocó vivir, la misma que debería hacerla dichosa. Los hijos se desencantan de su madre, pues ya no es la súper heroína de su infancia, ahora es la persona que más allá de ellos no tiene vida.

Ya no la necesitan tanto y empieza a ser percibida como estorbo; la empiezan a ver como se ven las sombras; un ser cansando, un ser que ha dejado de soñar, un ser que se refugia en novelas románticas para con ellas sentir algo de aquello que desde hace mucho le han negado.

Sin embargo, mamá les repite a sus hijas hasta el cansancio que esa existencia carente de vida, es a lo que deberían aspirar, les repiten que disfruten mientras puedan porque una vez casadas, su único propósito es ir dejando de ser.

Ven a su madre asumir la mayor cantidad de labores de cuidado, la ven ojerosa y cansada, la ven hacer más de la cuenta, porque mamá tiene que poder y querer aun enferma, aun exhausta.

¿Qué niña viendo esto desea el matrimonio? ¡Ninguna! Por eso es algo que rechazan desde pequeñas y que solo el adoctrinamiento de la repetición a lo largo de los años puede llegar a cambiar.

El abandono que supone el matrimonio, ese ejemplo viviente que supone su madre de todo aquello que no quieren.

Porque el juicio nos dice adiós al pedirle a nuestras hijas que deseen eso que tanto hace sufrir.

Lo curioso de los malos matrimonios es que lo son por diferentes razones; lo curioso de los buenos matrimonios es que lo son por razones sencillas de las que solo ciertas personas son capaces. Pareciera que requiere entrenamiento y quizá sí, porque no se aprende ni a las malas ni a los golpes.

Una sociedad que pregona que solo se aprende realmente de lo malo y de las malas personas, no puede estar sana. Menos si vive llena de odio y resentimiento.

Se le desea el mal al otro para que aprenda a ver la vida como vemos la propia; decimos con orgullo que lo que somos es gracias a los golpes, al abandono, a los chismes…a todo lo malo y lo único que resulta de esta gratitud hacia el maltrato es que los maltratadores sientan que han sido pieza clave en la grandeza de sus víctimas.

Le pedimos a nuestras hijas que piensen en el futuro, reduciendo este al matrimonio, uno que no incluya esa personalidad que les conocemos, uno en el que “aprendan a controlar su carácter”, diciéndoles de manera clara que respetarse y exigir respeto en una relación de pareja es descabellado. Que ser ellas algo tiene de malo, porque constantemente les pedimos que lo disimulen.

Las hacemos sentir que deben entrenarse cual perro para competencia, para poder ser escogida por un hombre, ese que “escogiéndolas” les va a dar compañía, que les va a dar estatus social de mujer digna. Porque el corto entendimiento de las relaciones de pareja y de las libertades individuales les llenó la cabeza que el hombre tiene un poder casi sobrenatural.

¡Que se case para que la controlen! Se les dice a las mujeres de carácter, porque para la sociedad eso no está en la norma, ¡hay que hacer control social!

Si nos enseñaran que nuestras elecciones de vida son válidas y maravillosas, siempre y cuando sean responsables y nos hagan felices

Si nos enseñaran que los miembros de la pareja se escogen mutuamente. Que en muchas ocasiones no será hombre y mujer, que será amor porque hay respeto, admiración, ganas de crecer, compañía y que estar con quien sabe amar, sabiendo amar es una de las muestras de consideración más hermosas que dos personas pueden experimentar.

Si nos enseñaran que podemos cambiar, que podemos reinventarnos, que podemos crecer en pareja y que sin pareja también podemos. Porque no tener pareja no significa estar sola, el amor se manifiesta en forma de amistades, de familia, de seres que aportan a nuestro crecimiento y desarrollo.

Si nos enseñaran que estamos completas sin pareja y que no somos mitades si estamos con una. Que podemos brillar en cualquiera de los dos escenarios, porque el amor bonito no es un grillete ni es un mito. Si nos enseñaran que el amor bonito no siempre es una pareja.

Si en vez de matrimonios amargos, que se sostienen por todas las razones equivocadas, nos enseñaran a amar desde la libertad, la responsabilidad, la ética y el compromiso.

Si nos enseñaran un contexto de hogar en el que mamá no desaparece en ese rol, en el que sigue siendo una persona que sigue soñando, sigue riendo, que se traza metas y logra cumplirse y cumplirlas.

Si nos enseñaran que los padres, no son meras figuras representativas del abandono emocional, sino copartícipes de la crianza, emocionalmente disponibles, felices de estar y hacer por sus hijos.

Si nos enseñaran que las generalizaciones son solo eso y que, si hay personas buenas, quizá no nos conformaríamos con cualquiera que nos preste atención.

Si nos enseñaran sin inconsistencias que merecemos amor a manos llenas, que el respeto es la clave y que se puede discutir sin temor a agresiones y violencias, porque no siempre estaremos de acuerdo en todo, porque en orillas distintas de pensamiento se pueden construir puentes de comunicación. Porque no siempre será necesario cambiar de opinión para que el amor se mantenga en buena forma.

Si nos enseñaran que estar en pareja no es controlar al otro, ni una lucha de poderes que los mantiene en una batalla constante; sino que son dos personas que han decidido estar juntas para compartir y porque hace parte de un proyecto de vida personal en el cual estar en pareja es algo que se desea, no algo que se siente como obligación.

Si nos enseñaran que podemos o no tener hijos y que eso no significa perderse de algo clave; porque este mundo no necesita más niñas y niños que vengan porque “ya tocaba”, “porque hay que tener hijos”, “porque los hijos te completan”.

Si nos dejaran de vender la soledad como un castigo, dejaríamos de comprar la idea que pareja e hijos son un seguro contra eso. Si nos enseñaran que son una decisión y que esta debe ser responsable, tendríamos más niñas y niños felices, criados por personas que los desearon y que en medio de las dificultades que naturalmente hay que sortear son amados y respetados.

Si nos enseñaran que el amor es maravilloso en todas sus manifestaciones, dejaríamos de desear solo el amor de una pareja.

Si nos enseñaran que amar una pareja, no es igual a desaparecer. Amaríamos mejor.

Tanto de lo que podríamos aprender si nos enseñaran, todo lo que podemos enseñar para que otros aprendan.

Por más personas que sepan amar sin desaparecer, por más personas que puedan amar en libertad.

 

NOS DEJAMOS CARICATURIZAR Y ASÍ NOS QUEDAMOS

 

 


Ver una película, novela, serie colombiana en la cual participe un personaje “costeño” es un verdadero fastidio y una falta de respeto. Tengo años viendo como nos dejamos caricaturizar y así nos quedamos, al punto que creemos un piropo que nos digan “no pareces costeña/o”

En el imaginario nacional somos las personas más escandalosas del mundo, con un gusto espantoso para vivir y para vestir, también en esa fantasía que se nutre de la firme intención de desprestigiar y de burlarse somos flojos, vividores, alcohólicos, mujeriegos, buenas para nada, esposas celosas e ignorantes, o novias estúpidas con la capacidad de comprender de una paloma.

A través de la representación que de nosotros se hace, se nos convirtió en el hazmerreír, en sujetos despreciables en cada espacio a excepción de las parrandas.

Nuestro lenguaje y costumbres, de las que no tenemos nada de qué avergonzarnos, se tergiversaron para el entretenimiento de un país que encuentra gozo en la humillación y la burla.

Se nos pintó como los sujetos que laboralmente no tienen nada que aportar y esto ha generado tal impacto en la mentalidad que en nuestra misma tierra, prefieren contratar a alguien del interior, porque esa misma representación que a nosotros los costeños nos afecta, a las personas del interior les favorece, estos en una inmensa mayoría en esas mismas películas, series y novelas son representados como personas elegantes, con disciplina férrea, con ética de trabajo intachable, con buenos modales incluso en la mesa, sobretodo que los hacen ver como personas con inteligencia emocional desarrollada…pero nos dejamos caricaturizar, ellos se engrandecieron…a todos nos fue pareciendo bien y así nos hemos quedado.

Los costeños no somos personas de moral cuestionable, no somos los esposos maltratadores e infieles, no somos los espantapájaros vestidos de camisas de estampados fosforescentes, pantaloneta y chancleta; tampoco somos la mujer fea, chismosa, que se pasea en bata por el barrio buscando al marido irresponsable; no somos el novio que no sirve ni para estorbo, ni el que no estudia por vago; no somos la joven que busca un “cachaco” para “mejorar la casta”; no somos ingenuidad de la que hay que sentir lastima y de la cual puedan aprovecharse; no somos el colega que ocupa un puesto por “ser chévere” o “porque aporta alegría”

Somos más que esa representación alegrona y simplista que se ha hecho de nosotros; somos personas que como en todas partes gozan de singularidad.

Somos esa variedad de acentos que no tienen por qué ser representados con burla y que mucho menos tienen que ser encasillados como indeseables en espacios académicos, laborales y sociales. Nuestros acentos son diferentes ¡sí que lo son! Como son todos los demás acentos con sus palabras y sus usos, con sus frases propias, con sus significados y cada uno engrandece, aporta, es válido por ser genuino.

En un país que pretende trascender escenarios violentos, se sigue creyendo que la burla y la descalificación es una forma; siempre y cuando genere rating pisotear a los demás está justificado. De aquello que nos reímos, dice mucho de nosotros… pregúntate hoy ¿yo de qué me rio?

Me gustaría volver a ver en pantalla costeños como hace tiempo lo fue, sin esa caricaturización innecesaria, con la simpleza y complejidad con la que vivimos diariamente; con personajes que representen la tenacidad, la disciplina, el esfuerzo de la que hemos demostrado ser capaces y quizá por eso, se atenta en contra. Con la diversidad como complemento de una sociedad que pueda respetar sus diferencias sin menoscabar las ajenas.

Porque por lo menos yo nunca he conocido a ningún costeño que diga “nojoda hey compa cuadro” de seguido y cada 10 minutos, como si no tuviera nada que aportar. Porque seguiré siendo una abanderada del “ajá” para cualquier circunstancia, que requiera pocas, pero contundes palabras. 

LO MALO DE LA ROSCA, ES NO ESTAR EN ELLA

 


Que si el esfuerzo, que si los méritos, que si los logros… de nada sirven cuando las oportunidades o eso que llaman oportunidades están dadas por razones distintas al merecimiento y cuyas condiciones son tan limitantes como excluyentes.

Los ingenuos dicen que no hay edad, ni momento de la vida para lograr cosas, pero bien que las oportunidades laborales te las cierran porque si tienes más de 30 y no tienes 8 años de experiencia mínimo en algo, la puerta de la oportunidad empieza a cerrase. Claro está, solo aplica si no eres parte de la rosca.

La rosca te permite llegar y quedarte; te permite dejarles el esfuerzo a otros y llevarte los créditos; te permite figurar, aunque no tengas nada para mostrar a excepción del nombre y el apellido.

Y es que sí, realmente estoy harta de no pertenecer a la rosca y claro que es por pura envidia (aquí no vine a fingir que no) porque soy un ser humano, porque padezco y adolezco de emociones entre ellas la que acabo de mencionar y que a muchos les cuesta decir en voz alta porque a nivel de imagen no es correcto.

Lo malo de la rosca, es no estar en ella; es no poder contar con personas que puedan apalancarte o ayudarte; no estar en la rosca es saber que careces del capital social necesario para sobrevivir en un mundo que no tiene espacio para casi nadie.

No estar en la rosca, es saber que, aunque te esfuerces, los premios se los darán entre sí, aunque tengan claro que no se los merecen, ellos saben que en el mundo de apariencias las paredes llenas de reconocimientos ficticios valen más que los méritos.

La rosca te da estatus, porque te verán rodeado de personas con la capacidad y el poder de posicionar a los demás como bien les plazca de acuerdo a aquello que necesiten obtener o donde les convenga, porque los favores en estos círculos no se pagan con las gracias de los micos.

No estar en la rosca, te obliga a trabajar el doble por cada cosa (en el mejor de los casos), porque porque diferencia de los miembros de la rosca, tu trabajo y esfuerzo pasara desapercibido y te tocará darte los golpecitos de felicitación en la espalda a ti mismo, mientras te repites sin creerte nada de lo que digas, que lo importante es el empeño que en ello pusiste y lo mucho que aprendiste.

La rosca y sus miembros haciendo uso de esos códigos sociales velados y silenciosos capaces de ensordecer, te convencerán que se deben a sus capacidades y esfuerzo, y asentirás con la cabeza, sonriendo lo más cordial que puedas, porque una contradicción frentera, podría quitarte la oportunidad que jamás has tenido de pertenecer a esta rosca, que, aunque reconoces despreciable, guardas la esperanza de que estando en ella, podría traerte el chance que te ha hecho falta.

Porque lo malo de la rosca, es no estar en ella.

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