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Por: Johanna Carolina Bula
Las casas mágicas, esas
que Disney se encargó de mostrarnos en nuestra niñez existen, no son cuento…son
una realidad bastante peculiar, existen en el concepto, existen para algunas
personas, más específicamente para algunos miembros de esas casas.
En las casas mágicas, la ropa está lavada y doblada; la comida está hecha con lo que haya a disposición y gourmet o no, sirve su propósito de alimentar.
En las casas mágicas el polvo y
la suciedad se mantienen alejados, porque la escoba y el trapero cumplen su función
de dejar impecable cada espacio, procurando el bienestar de quienes habitan la
morada. Las camas con sabanas limpias y tendidas son parte de la cotidianidad y
las actividades de entretenimiento son echadas de menos, solo cuando no están planificadas.
En las casas mágicas,
todo se encuentra en relativo orden y las cosas tienen su lugar, de acuerdo a
su utilidad y propósito; hay servicio de costura, de enfermería, de psicología,
de planeación de eventos, servicio de consultoría de imagen, de resolución de
conflictos, entre un largo etcétera.
En las casas mágicas, el
cansancio de la mayoría y la flojera es excusa suficiente para no hacer las
cosas que corresponden, pues de todas formas hay alguien que lo termina
haciendo, ya que a la magia de la casa no se le permite usar la misma excusa.
La magia de esas casas,
son las miles de mujeres que se dedican a trabajar sin descanso en las labores
no remuneradas de limpieza y cuidado; se sostienen en los brazos cansados y
atiborrados de mujeres que educadas en la obligación de la atención de todos
menos de ellas; esas casas mágicas, son el lugar donde se pierden los sueños y
se reducen las posibilidades de crecimiento laboral de las mujeres que se echan
encima todas las tareas domésticas, mientras el resto de los miembros nada o
poco hace.
Y que sea una situación a
nivel mundial, indistinta de credo, de raza, de clima, de ubicación geográfica,
nos habla fuerte y claro de cómo es un sistema estructural, que busca mantener
a las mujeres a raya, haciendo lo mínimo por ellas y sus ambiciones; que las
formó en una mentalidad esclava del servicio y el sacrificio como forma de
amor; porque una mujer ocupada con la escoba poco tiempo y energía tiene para
hacer de ella su mejor versión.
Las casas mágicas carecen
de encanto para quienes cargan con el peso de hacerlo todo hasta el punto de
quedarse sin ellas mismas. Las casas mágicas son todo menos magia, para las
mujeres que ni siquiera pueden permitirse descansar un malestar o que deben
hacerse cargo de todo y todos atravesando una enfermedad.
Por un mundo con menos
casas mágicas y más personas funcionales que contribuyan en todas las labores
que implica la vida, entre ellas, las asociadas a la ejecución de labores domésticas
y de cuidado. Porque tener útero no viene con la habilidad de limpiar y carecer
de él no imposibilita saber hacerlo.
Las casas mágicas existen
para seguir contribuyendo al terrorífico imaginario de que la medida del amor
de las mujeres es de cuanto sacrificio son capaces.
“El sentimiento de culpa nos impide ver las cosas con
claridad”.
Doris May Lessing
El caso tan sonado y polémico
de Nicolás Petro pone sobre el tapete nuevamente una cuestión que parece que se
rehúsa a salir del imaginario de la sociedad, y no es precisamente la
corrupción, esa práctica que los políticos de este país aman más que a su ego e
incluso a su afán de protagonismo. Y es que de solo leer los titulares de las
noticias relacionadas a su caso, los memes y escuchar las opiniones que al
respecto se dan sobre el caso, casi que sin excepción, ponen las actuaciones
del señor Nicolás en un segundo plano, uno lejano, pero que de frente catalogan
como “la mala del paseo” a su ex esposa.
Porque de acuerdo a la
tradición machista las mujeres siempre somos las culpables, el nombre de su
pareja ha llevado todas las burlas, su imagen se convirtió en el de la bruja
dolida que tiene como finalidad y propósito arruinarle la vida a un pobre
hombre. Esa es la eterna culpa de las mujeres, arruinarlo todo por la debilidad
que nos supone el amor y los sentimientos de venganza que se generan luego de
una ruptura. Y a la gente le parece fenomenal, perder de vista que lo que ella
denuncia son conductas reprochables que tienen consecuencias graves para el
país… pero esto parece no importar.
Ella es la mala, ella es
la que no sabe perder… así ha sido, así será mientras los estereotipos de bruja
ganen likes, rating y sea el comodín favorito de los hombres corruptos,
mediocres y miserables.
Ella es quien puso en conocimiento
de todo un país, las conductas de su expareja y por donde se le enfoque en la
narrativa ella no deja de personificar a la villana y no olvidemos que también la
culpable de las infidelidades de su esposo.
Porque tampoco se le
reprocha al señor Nicolás haber sido infiel, haber faltado a ese compromiso que
había establecido. ¡Nombre no! La pendeja es ella por haber tenido una amiga,
por haberle presentado el marido a una amiga. Es que las mujeres siempre
llevamos las de perder:
El
tipo es infiel= la culpa es de ella (se descuidó, le presentó una amiga y un
largo etcétera) jamás es de él. Se presenta al hombre como la victima doble,
por un lado, el pobre infeliz atrapado en una relación que no quiere y por otro
lado víctima de una mujer fatal, capaz de seducirlo y por ende acabar un
matrimonio.
Estos seres que se
precian de ser superiores en todo y no son capaces siquiera de asumir la
responsabilidad y consecuencias de sus actos.
El
tipo presuntamente comete delitos: pobrecito es que se dejó llevar, los demás son
los malos, la ex esposa, la perversa que lo delató.
Su conducta es minimizada y vuelve la fichita del pobre incauto, de la pobre víctima de los celos de su ex mujer. No es su avaricia, ni lo son sus actos y aunque nadie es culpable hasta que una autoridad judicial lo determine y la presunción de inocencia se le debe respetar; nadie ha tenido reparos en atacar y catalogar a su ex mujer como la mala y antes de que me salgan (porque me los conozco) con algo como: es que si no le hubiera puesto los cachos, no dice nada, está ardida. Pues ardida o no, las conductas que se investigan son las del tipo, no las de ella.
Pobre las mujeres y la
carga del lastre eterno de la culpa, esa misma que sirve a la sociedad para
decirle a las mujeres que si son maltratadas es porque les gusta, para decir
que los hombres solo maltratan a la que se deja. Porque es tan fácil mantener
en el papel de culpable a las mujeres, aun cuando sean ellas las víctimas de
delitos. Sin decir casi que nunca, que si un tipo maltrata es porque es un
maltratador; que si mata es porque es un homicida, un feminicida.
Esa misma culpa, se usa
para examinar con lupa los comportamientos de las mujeres y concluir que estos
la llevaron a ser violada, que si por lo que tenía puesto, que si por lo que
estaba haciendo. Pero que no dice que si un hombre viola, es un violador; que,
si acosa, es porque es un acosador.
Que si una mujer supera
una violación y no sufre de ataques de llanto y ansiedad cada dos minutos, que
si su vida no se convierte en un encierro… igualmente ella es la culpable,
porque quizá si quería. Porque ni transitar una situación traumática de manera
personal se puede, sino que también debemos estandarizarnos a lo que se espera,
ya que, en caso de no hacerlo, igual también se nos echa la culpa.
Porque también somos las
culpables de que los papás de nuestros hijos sean irresponsables, de que no
asuman económica, afectiva ni emocionalmente su parte; somos por excelencia las
culpables de que los hijos con el tiempo no quieran saber de ellos, porque además
si no somos una máquina de justificación de la conducta de los hombres, también
somos las culpables. Jamás es de ellos por no asumir su responsabilidad y
librarse olímpicamente y con la venia de la sociedad de lo que les corresponde, ellos caminan libres de
culpa, nosotras con la cabeza abajo llenas de culpas propias y ajenas, porque claro, "nosotras no supimos escoger".
Con esa culpa, también le
dicen que es una exagerada cada vez que pide respeto cuando camina por la
calle, cuando aborta o cuando pare; cuando trabaja o decide ser ama de casa;
cuando tiene sexo o cuando no lo tiene.
Porque si un hombre fracasa, es culpa de la mujer que tiene al lado, o de la que lo crío, pero si tiene éxito es por cuenta suya y no más que propia.
No importa cuál sea la situación
o el contexto, el éxito sobre el cual se mantiene el machismo es en la culpa
que le impusieron a la mujer desde antes de nacer y sobre la cual se debe
mantener al largo de su vida y muerte.
Una persona que siente
culpa por cada decisión, por cada cosa y hasta por los demás, es alguien que va
a pasar por mil filtros cada paso, que vive con miedo, que vive menos y
experimenta menos felicidad, una mujer cargada y embebida en la culpa, siempre
será más fácil de manipular y de doblegar. Una mujer con culpa calla los abusos
cometidos en su contra, una mujer con culpa es todo lo que el machismo quiere.
Una mujer que decide
denunciar, hablar o poner en conocimiento de los demás, lo que hace un hombre,
es una mujer que debe dejar de ser vista como la villana, debemos mirar de
frente al verdadero culpable, debemos dejar como sociedad de denominar a las
mujeres como el sexo débil, en su amor, en su despecho, en sus decisiones, en
su contribución, en su sufrimiento, en sus éxitos, en sus denuncias.
No avanzaremos como
sociedad, como mundo si el foco lo seguimos poniendo de manera equivocada, si
seguimos perpetuando excusas para los comportamientos reprochables, si seguimos
con el cuento de que pase lo que pase, hagan lo que hagan, los hombres son las victimas
de perversas mujeres.
A la mierda todo, la
razón, los libros, el esfuerzo, a la mierda todo de verdad
Representa más la
charlatanería que la preparación académica, ¿o es la rosca y las conexiones? da
igual, me voy a dedicar a leer el tarot
Hasta la coronilla y con
la paciencia partida de intentar encontrar espacios que reconozcan el aporte
que uno puede hacer, me rehúso a creer que soy en extremo inútil.
Me voy a dedicar a leer
el tarot, porque es más fácil vender mentiras y decir lo que el otro quiere
escuchar, por eso sí están dispuestos a pagar
Porque pagar por una
asesoría seria, por parte de alguien que no deja de prepararse para brindar lo
mejor que tiene para dar, resulta al parecer, un absurdo, una cosa que no
merece remuneración.
Voy a leer las cartas y
prometer éxito, amor eterno, prosperidad ilimitada y todo eso lo veré en
dibujitos, inventaré mil historias y por ello pagarán porque las mentiras
venden y las falsas esperanzas siempre tienen seguidores.
Resolveré problemas con
frases de cajón, esas que tanto gustan, porque refuerzan por lo general,
pendejadas que damos por ciertas.
Prenderé velas de olores
y de colores, para supuestamente aliviar problemas que requieren terapia psicológica
seria, pero qué carajo, a los psicólogos tampoco les quieren pagar, no sé si
estamos igual de jodidos psicólogos y abogados o hay alguno de estos gremios
más jodido que el otro, porque en ambas profesiones se dan soluciones reales y
nos une la tragedia que eso no es lo que la gente quiere; como no nos
catalogamos como “emprendedores” ni tenemos “un producto” que mostrar en videos
divertidos, la gran mayoría cree que lo que sabemos lo sabe cualquiera.
Ignorando los años de estudio, la inversión de tiempo y dinero.
Haré tik toks y reels en
turbante y bata de colores, daré coordenadas, aunque no sepa ni donde estoy
parada; diré que tus traumas son producto de tu signo ascendente y por eso sí
me pagarán. Porque los sinsentidos místicos fascinan a los incautos. Porque la
tendencia supersticiosa es una enfermedad de la que adolece el mundo.
Me voy a dedicar a leer
el tarot, a hacer predicciones de números de lotería, inventaré amantes y las
describiré con lujo de precisión y detalles, porque es más fácil culpar a un
tercero inexistente que asumir la cuota de responsabilidad que uno tiene.
Dejaré librada a la
irresponsabilidad de los cambios de la luna, los negocios que salgan mal;
recetaré baños de hierbas, frutas y verduras en contra de la envidia, para
encontrar trabajo. Inventaré que tus fracasos son por causa de la brujería y
seguro así, mi cuenta bancaria dejará de dar tristeza.
Pondré mi imaginación al
servicio de lo que vende y dejaré mi intelecto y razón en el mismo lugar donde
provoca sepultar mis diplomas.
Dejaré mis libros de decoración
y quizá de recordatorio de que un día me comí el cuento flojo de que el
esfuerzo trae recompensas.
Me dedicaré a leer el
tarot y por eso estoy segura que sí me pagarán, sin cuestionar si los vale o
no, sin comparar lo que dije con lo que el vecino les dijo, sin el dolor de
cabeza de que me cuestionen si de verdad sé de lo que estoy hablando.
Venderé mentiras, porque
los servicios profesionales al parecer no valen.
Bastante bien que
aprendieron la frase de MI TRABAJO VALE, nada mejor que reconocer todo el
esfuerzo detrás de los estudios, los años de experiencia y todo eso que te hace
bueno en tu área.
Me parece fabuloso y
motivo de celebración que no te vendas por menos, ni regales lo que con tanta
dedicación a ti te ha costado.
Pero y qué pasa con el
trabajo del resto? Ese sí que se puede menospreciar y por “pordebajear”. Porque
seguro que a ese otro no le costó tanto, ni sabe tanto, al fin y al cabo. A ese
otro como que le regalaron los estudios, las trasnochadas, el esfuerzo, a ese
otro seguramente no le costó lo que a ti.
Así vamos por la vida,
pregonando la superioridad propia y depreciando lo ajeno, sin tener en cuenta
que todo es una cadena y que todos somos los demás de los demás.
Este mundo no está más
jodido, porque no se lo han puesto como meta. Pero lejos de eso no estamos si
seguimos creyéndonos el ombligo del mundo… imagínense todos creyéndose la misma
vaina, de tanto hueco nos vamos a desaparecer en nosotros mismos.
El egoísmo nos hace
ruines, el desprecio por el otro no nos eleva a categoría de nada.
Ignorar el esfuerzo, la dedicación,
lo que a cada quien le costó, no incrementa tu valor, nos convierte en seres
humanos cada vez más pequeños en un mundo que necesita reconocer a sus
habitantes como seres humanos con derechos y que estos derechos no sean
constantemente aplastados por el absurdo, por el fanatismo, por la estupidez
que a la brava vuelven ley.
Mi trabajo vale ¡yes,
claro que yes! EL DEL OTRO TAMBIÉN, vale su producto, vale su servicio, vale lo
que hace, lo que sabe…el hecho de saber qué hacer y qué no hacer.
Pedimos un mundo en paz,
mientras que pisoteamos la dignidad de quien se nos atraviesa, dependiendo del
genio en el que nos levantemos; nos reímos del esfuerzo que no hicimos, porque
no vimos todo lo que implicó.
Mi trabajo vale, el del
otro también porque cada logro (a menos que sea por la providencia divina de la
rosca) implica renuncias, dedicación, sueños, esperanzas.
Amargos los momentos que
se experimentan cuando un proyecto fracasa, uno al que se le puso empeño, en el
que se invirtió tiempo, conocimiento, estudio, horas… y todo lo que cada quien
sabe que aportó y que solo le duele al que lo ve hacerse trizas porque el mundo
está lleno de egocéntricos laborales que solo ven valor en su trabajo y hasta
ahí les llega la bondad, a lo propio.
Se nos van interminables
intentos de mostrar y demostrar que lo nuestro tiene valor, se nos devalúan las
ilusiones cada vez que los demás lo desprecian.
Hoy hago una invitación tan
sencilla que solo traería beneficios y es que le agregues EL DEL OTRO TAMBIÉN a
la frase que pregonas con orgullo y todos podamos decir ¡MI TRABAJO VALE Y EL
DEL OTRO TAMBIÉN! Mantener el valor de lo propio y dándole el justo valor al de
los demás.
Piensa en tus hijos es la
frase que te dicen cuando las demás herramientas de control no han servido.
Porque las mujeres
tenemos un lugar que ocupar, uno pequeño, uno que con cada cosa se reduce porque
el lugar que nos corresponde suele ser el de guardar silencio, el de guardar
las formas, la compostura y el decoro, un lugar desde donde se debe mantener la
imagen del marido como la gran persona, aun a expensas de decir mentiras,
porque no vaya a revelarse el secreto (que nada tiene de secreto) que no lo es.
A las mujeres se nos
educa en ideas absurdas ante la mirada de la lógica, se nos mete en la cabeza
que nuestra grandeza radica en el sacrificio constante, uno que generalmente
termina por anularnos.
Se nos dice que “sobrellevar”
al marido y a los demás es hacer un voto de silencio, de negación de nuestros
deseos y necesidades, porque el bienestar del marido y la familia, se
encuentran por encima de nosotras, somos algo así como el carbón que se funde
para hacer funcionar la locomotora…efectivamente así terminamos, desapareciendo
por poner a todo el mundo por encima y por delante, porque para los demás ni lo
nuestro, ni nosotras somos demasiado importante.
El mundo se ha convencido
que los hombres saben y pueden más, sin embargo, “es nuestra labor” enseñarlos
a ser papás, adultos funcionales, coparticipes de la vida en pareja.
Hasta el cansancio hemos oído que las mujeres somos tontas por ser más emocionales, afirmación absolutamente falsa y para lo único que ha servido es para justificar que seamos ignoradas en nuestras peticiones. Nos han tratado de celosas histéricas, en cuanto pedimos respeto. Se nos dice controladoras, cuando pedimos una repartición equitativa en las labores domésticas y de cuidado.
Al mismo tiempo que se
nos exige trabajar, aportar económicamente, se nos sigue exigiendo mantener en
pie la casa y bien criados a los hijos. En vez de ir ganando espacio, nos han hecho
más pesado los grilletes. Porque la sociedad sigue teniendo como verdad que: los
hijos bien criados son obra de los padres, los hijos mal criados son culpa de
la madre.
Y cuando te cansas de
tanta presión, cuando resistes a desaparecer, cuando estás dando la pelea y la
vas ganando, te dicen “piensa en tus hijos”, luego de las frases “lo hago por
tu bien” y “qué van a decir los demás” es una de las frases que más sueños e iniciativas ha
matado.
Porque verte ser humana, desear, soñar, alcanzar, tener emociones y expresarlas abiertamente, incomoda a la gran mayoría que
anhela verte sumisa y casi convertida en fantasma.
Que donde pases no te
hagas notar, ni hagas ruido, porque ojo se te va el marido, porque si eres
feliz y ríes a carcajadas y haces lo que se te da la gana… te vas a tirar a tus
hijos.
Ese cuento ya debería de
estar eliminado con tanto adulto que recrimina a su madre no haber sido más, no
haber logrado más. De tantas mujeres que en su edad madura se recriminan no
haber hecho más por ellas, haber amado, reído, viajado, estudiado, haberse dedicado
a eso que las apasionaba. De ver tantas mujeres que con cada año que pasa en su
vida, se van olvidando de quien es la mujer que ven en el espejo, ya no la
conocen, solo observan el reflejo de una persona cansada, con ojeras, canas y
sin ganas. Con más pesares encima que metas conquistadas.
Esa renuncia a los
sueños, a la personalidad, a la esencia de cada mujer, eso solo le sirve a los
maridos y a una sociedad absurdamente servil a los caprichos masculinos, a la
necesidad malévola de mantenerles el frágil ego.
Nadie agradece los
sacrificios, pero vaya que uno si se los recrimina, y así vamos por la vida,
peleando por no desaparecer… desapareciendo con cada pelea.
Pensar en uno, no es
dejar de amar a los hijos; pensar en los hijos no tiene que ser ir en contra de
una misma. Porque amarnos y tenernos como prioridad no signifique invocar un Armagedón.
SI NOS ENSEÑARAN…
A las mujeres nos venden
la soledad como un fracaso, y desde pequeñas nos enseñan que no hay peor
desgracia que “quedarse solas”, nos recalcan que las amistades no son familia y
mucho menos compañía
Que los hijos nos
realizan y que el marido le da sentido de orientación a nuestras vidas a la
deriva. Porque se nos mantiene en la narrativa que somos incapaces de saber que
nos hace felices, qué queremos, qué sentimos.
Nos dicen que por todo
exageramos y eso suele estar amarrado a episodios en los que somos ignoradas,
en los que nuestras necesidades son calificadas de tonterías y nuestros
sentimientos algo desechable.
La narrativa nos sigue
describiendo como seres carentes de razón, que viven en las nubes, dotadas de
una incapacidad absoluta de pensar y desear algo más allá de ser la ideal ama
de casa; de esa madre abnegada que desaparece detrás de toneladas de ropa sucia
y desprecios cotidianos.
Nos dicen que a eso
debemos aspirar, a ser infelices, que nuestra infelicidad sostiene a los
miembros del hogar; que cada sueño roto, es el precio que hay que pagar por no
estar sola. Entonces construimos hogares tristes, en los que dejarnos para después
es la norma; sostenemos el pilar de que para estar y ser con alguien, es obligatorio
sufrir. Esos sueños rotos, rompen la piel y al alma de cada miembro.
Mamá se hace sombra, mamá
se desdibuja entre lo que soñaba ser y la pesadilla que le tocó vivir, la misma
que debería hacerla dichosa. Los hijos se desencantan de su madre, pues ya no
es la súper heroína de su infancia, ahora es la persona que más allá de ellos
no tiene vida.
Ya no la necesitan tanto
y empieza a ser percibida como estorbo; la empiezan a ver como se ven las
sombras; un ser cansando, un ser que ha dejado de soñar, un ser que se refugia
en novelas románticas para con ellas sentir algo de aquello que desde hace
mucho le han negado.
Sin embargo, mamá les
repite a sus hijas hasta el cansancio que esa existencia carente de vida, es a
lo que deberían aspirar, les repiten que disfruten mientras puedan porque una
vez casadas, su único propósito es ir dejando de ser.
Ven a su madre asumir la mayor cantidad de labores de cuidado, la ven ojerosa y cansada, la ven hacer más de la cuenta, porque mamá tiene que poder y querer aun enferma, aun exhausta.
¿Qué niña viendo esto
desea el matrimonio? ¡Ninguna! Por eso es algo que rechazan desde pequeñas y
que solo el adoctrinamiento de la repetición a lo largo de los años puede
llegar a cambiar.
El abandono que supone el
matrimonio, ese ejemplo viviente que supone su madre de todo aquello que no
quieren.
Porque el juicio nos dice
adiós al pedirle a nuestras hijas que deseen eso que tanto hace sufrir.
Lo curioso de los malos
matrimonios es que lo son por diferentes razones; lo curioso de los buenos
matrimonios es que lo son por razones sencillas de las que solo ciertas
personas son capaces. Pareciera que requiere entrenamiento y quizá sí, porque
no se aprende ni a las malas ni a los golpes.
Una sociedad que pregona
que solo se aprende realmente de lo malo y de las malas personas, no puede
estar sana. Menos si vive llena de odio y resentimiento.
Se le desea el mal al
otro para que aprenda a ver la vida como vemos la propia; decimos con orgullo
que lo que somos es gracias a los golpes, al abandono, a los chismes…a todo lo
malo y lo único que resulta de esta gratitud hacia el maltrato es que los
maltratadores sientan que han sido pieza clave en la grandeza de sus víctimas.
Le pedimos a nuestras
hijas que piensen en el futuro, reduciendo este al matrimonio, uno que no
incluya esa personalidad que les conocemos, uno en el que “aprendan a controlar
su carácter”, diciéndoles de manera clara que respetarse y exigir respeto en
una relación de pareja es descabellado. Que ser ellas algo tiene de malo,
porque constantemente les pedimos que lo disimulen.
Las hacemos sentir que
deben entrenarse cual perro para competencia, para poder ser escogida por un
hombre, ese que “escogiéndolas” les va a dar compañía, que les va a dar estatus
social de mujer digna. Porque el corto entendimiento de las relaciones de
pareja y de las libertades individuales les llenó la cabeza que el hombre tiene
un poder casi sobrenatural.
¡Que se case para que la
controlen! Se les dice a las mujeres de carácter, porque para la sociedad eso
no está en la norma, ¡hay que hacer control social!
Si nos enseñaran que
nuestras elecciones de vida son válidas y maravillosas, siempre y cuando sean
responsables y nos hagan felices
Si nos enseñaran que los
miembros de la pareja se escogen mutuamente. Que en muchas ocasiones no será
hombre y mujer, que será amor porque hay respeto, admiración, ganas de crecer,
compañía y que estar con quien sabe amar, sabiendo amar es una de las muestras
de consideración más hermosas que dos personas pueden experimentar.
Si nos enseñaran que
podemos cambiar, que podemos reinventarnos, que podemos crecer en pareja y que
sin pareja también podemos. Porque no tener pareja no significa estar sola, el
amor se manifiesta en forma de amistades, de familia, de seres que aportan a
nuestro crecimiento y desarrollo.
Si nos enseñaran que
estamos completas sin pareja y que no somos mitades si estamos con una. Que podemos
brillar en cualquiera de los dos escenarios, porque el amor bonito no es un
grillete ni es un mito. Si nos enseñaran que el amor bonito no siempre es una
pareja.
Si en vez de matrimonios
amargos, que se sostienen por todas las razones equivocadas, nos enseñaran a
amar desde la libertad, la responsabilidad, la ética y el compromiso.
Si nos enseñaran un
contexto de hogar en el que mamá no desaparece en ese rol, en el que sigue
siendo una persona que sigue soñando, sigue riendo, que se traza metas y logra cumplirse
y cumplirlas.
Si nos enseñaran que los
padres, no son meras figuras representativas del abandono emocional, sino copartícipes
de la crianza, emocionalmente disponibles, felices de estar y hacer por sus
hijos.
Si nos enseñaran que las
generalizaciones son solo eso y que, si hay personas buenas, quizá no nos conformaríamos
con cualquiera que nos preste atención.
Si nos enseñaran sin
inconsistencias que merecemos amor a manos llenas, que el respeto es la clave y
que se puede discutir sin temor a agresiones y violencias, porque no siempre
estaremos de acuerdo en todo, porque en orillas distintas de pensamiento se
pueden construir puentes de comunicación. Porque no siempre será necesario
cambiar de opinión para que el amor se mantenga en buena forma.
Si nos enseñaran que
estar en pareja no es controlar al otro, ni una lucha de poderes que los mantiene
en una batalla constante; sino que son dos personas que han decidido estar
juntas para compartir y porque hace parte de un proyecto de vida personal en el
cual estar en pareja es algo que se desea, no algo que se siente como
obligación.
Si nos enseñaran que
podemos o no tener hijos y que eso no significa perderse de algo clave; porque
este mundo no necesita más niñas y niños que vengan porque “ya tocaba”, “porque
hay que tener hijos”, “porque los hijos te completan”.
Si nos dejaran de vender
la soledad como un castigo, dejaríamos de comprar la idea que pareja e hijos
son un seguro contra eso. Si nos enseñaran que son una decisión y que esta debe
ser responsable, tendríamos más niñas y niños felices, criados por personas que
los desearon y que en medio de las dificultades que naturalmente hay que
sortear son amados y respetados.
Si nos enseñaran que el
amor es maravilloso en todas sus manifestaciones, dejaríamos de desear solo el
amor de una pareja.
Si nos enseñaran que amar
una pareja, no es igual a desaparecer. Amaríamos mejor.
Tanto de lo que podríamos
aprender si nos enseñaran, todo lo que podemos enseñar para que otros aprendan.
Por más personas que
sepan amar sin desaparecer, por más personas que puedan amar en libertad.
Por: Johanna Carolina Bula Se nos suele convenientemente olvidar que el 31 de diciembre no es un final mágico, ni un evento tan poderoso que...